PARA LEER


RELATOS 

III:

Conducía un Opel Corsa gris metalizado prestado, por aquellas carreteras de alta montaña dejadas de la mano del MOPU; en aquellos años de transición en compañía de mi intimísimo colega Manolo, un tío de poca conversación pero divertido, de confianza pero distraído, genial y atrevido; teníamos entrevista de trabajo en un hostal-bar-restaurante, muy normalito; once habitaciones, comedor para cuarenta personas y a pie de la carretera principal a la entrada del pueblo, que era la cabecera de la comarca más olvidada del centro de la península; la corriente turística que alimentaba aquellos lugares era de personas de alto poder adquisitivo, que buscan la naturaleza de una playa de agua dulce, los caminos sombreados llenos de piedras sueltas entre peñas y laderas, aire con aromas a sotobosque, gastronomía montañosa y descanso entre replicar de campanas.
La carta del restaurante debía de ser sencilla, el menú asequible para los abundantes obreros que movían tierras y limpiaban bosques por la zona, la calidad de la comida, la que se pudiera obtener con los productos que nos traían los proveedores quincenalmente y la rapidez del servicio la misma que se exige cuando se llena el comedor de personas hambrientas con la cartera llena.
El dueño era un joven como nosotros, con mirada avispada, conversación acelerada y cabeza desordenada; nos enseño la cocina; amueblada con una pequeña freidora de un par de litros, cuatro fuegos a gas, un horno a la altura de las rodillas, una plancha con dos texturas, una lisa y otra rugosa, fregadero, tajo, congelador de pie, cámara de cuatro puertas, encimera central metálica y un lavavajillas para desriñonarse..... De allí fuimos por un pasillo dejando a un lado la salida al comedor, al otro lado una puerta que daba al almacén lleno de barquillas de plástico apiladas hasta el techo con cascos retornables de cerveza y refrescos, que a su vez tenía salida a un patio con unas jaulas de gallinas vacías unos comederos de conejos y dos muros ocultando las cochineras huérfanas; seguimos el pasillo esquivando los cubos de la fregona y los palos de los escobones que se apoyaban sobre el rollo de manteles de papel, hasta que nos encontramos con la entrada al mostrador del bar y las escaleras a las habitaciones.
El lugar parecía limpio aunque las baldosas fracturadas de los peldaños se movían, los travesaños carcomidos con agujeritos infinitos en la barandilla rechinaban y las puertas perdían la cascarilla de la pintura estropeada por la edad y la sequedad del lugar; nuestro alojamiento estaba en la primera planta sobre el salón del comedor, compartíamos el baño con tres habitaciones más, ocupadas cada una por tres literas, listas para los clientes que estaban por llegar. Valoramos las horas de trabajo, las responsabilidades con las compras y las tareas de orden y limpieza, Manolo hizo la pregunta del millón, ¿cuanto íbamos a cobrar?; con la manutención y el alojamiento incluidos, no nos pareció mal; cerramos el trato nos dimos las manos y no pensamos en lo que nos esperaba: un verano largo y escocido, sin un solo dia de descanso, una cocina reducida, turnos partidos o mejor dicho turnos continuos y un jefe bastante flipado; por aquellos tiempos escuchábamos heavy metal y fumábamos bastantes porros y las cosas mas duras las dejábamos para cuando había fiestas, vacaciones o cosas que celebrar; pero aquel lugar era una bacanal... Nos levantábamos sobre las nueve y tomábamos un café con bollos de leche, organizábamos la cocina; las guarniciones, las salsas, las carnes y pescados en raciones y los tres primeros y segundos del menú solo para calentarlos. Hacia las doce aparecía Jull, el jefe; sacaba una papelina del bolsillo la volcaba sobre el tajo de madera que estaba en la entrada y alineaba dos montones en filas y nos daba los buenos días; Manolo y yo nos mirábamos, nos encojiamos de hombros, sonreíamos con picardia y mientras mi intimísimo amigo esnifaba una linea yo traía una jarra del agua llena de cerveza fresquita, mientras yo esnifaba la otra, mi intimísimo amigo ponía la cinta de los Manovar a toda castaña. Todos los días eran igual; nos levantábamos, café con bollos, organizábamos la cocina, los buenos días de Jull, el servicio acelerado hasta las cinco y media, comíamos todo lo que queríamos, terminábamos exprimiendo con alergia la botella con el licor de hierbas gallegas, echábamos la siesta, a las ocho tomábamos una caña y encendíamos la maquinaria para dar las cenas, trabajábamos entre porros y cervezas, terminábamos limpiando, barriendo y fregando, hacíamos la lista de la compra, apuntábamos lo que se había terminado y en la habitación decidíamos que hacer: si dormir o marcharnos de juerga... esta segunda posibilidad era la que menos enlejiamos, ya que cuando salíamos no pensábamos en la cartera y aquel verano era para guardar dinero que necesitaríamos para terminar el último curso de nuestra formación profesional en hostelería. Mientras estudiábamos ya nos lo pasábamos suficientemente bien, como para tener ansias de libertad, ese verano debía de ser un verano fructífero, de los de sumar y no restar. Pasaron los días, pasaron las noches, y veíamos como se lo pasaban las gentes del lugar... Llegaron las fiestas del pueblo; estábamos preparados ya que pasamos una semana con extra de trabajo, elaborando la previsión de las raciones que podrían venderse en cinco días locos. Cuando pasamos el primer servicio la cosa fluyó, fue intenso porque estuvimos cinco horas ininterrumpidas montando platos con elaboraciones al momento. Una cocina bastante elaborada para el volumen de venta y del personal escaso; fuimos a la habitación sin comer y allí estaba Chuchi, el amigo amiguísimo de Jull; estaba sentado en una silla delante del escritorio junto a mi litera, con una montaña de sustancia anfetamínica, haciendo particiones y pesándolas en una tana no muy grande, las porciones las volcaba en papeles doblados con forma triangular que después de plegarlas se convertían en papelinas con forma de sobre de correos, Manolo calló sobre su cama como un saco, y yo miraba a Chuchi, como movía la mandíbula y acompañaba con la lengua los movimientos de los dedos dando pliegues en el papel. Le pregunté si necesitaba ayuda, ya que se le veía con poca maña, y me ofreció a darme una parte del botín por mi ayuda... Empecé a cortar papelitos cuadrados de un cuaderno con hojas en blanco, el pesaba y yo doblaba las esquinas de los papeles, perdí la cuenta para cuando, sonó el despertador de Manolo, nos despedimos del amiguísimo y bajamos a la cocina; encendimos los fuegos y el resto de maquinaria, hicimos un recuento y anotamos lo que faltaba para pasarlo a los de la sala, comenzamos a dar las cenas y otra vez como poseídos montamos platos llenos de carnes asadas, pescados delicadísimos, salsas humeantes y guarniciones brillantes, de verduras de colores... Ya empezaban a conocernos como auténticos cocineros, pedían lo que más recuerdos dejaban en clientes que chafardeaban de que habían comido allí... Jull se sentía orgulloso de sus fichajes para la temporada de verano, venia con jarras llenas de cerveza, y sus comentarios eran halagadores aunque nosotros modestos, no parábamos de pasar la bayeta a las superficies de aluminio, de ordenar las cazuelas brillantes o de pasar el mocho con agua enjabonada por el suelo, mientras el se lo flipaba; después de apagar aquella noche las luces de la cocina, nos fuimos al bar de la plaza del pueblo, para saborear unos bocadillos repletos de embutidos, acompañados de patatas crujientes y cervezas chorreando espuma, fumábamos unos cigarros y nos dejábamos convencer por cualquiera para ir al pub y seguir bebiendo cervezas espumosas, fumando canutos entre delirantes sonidos de guitarras, al compás de bombos y cajas golpeadas con fuerza brutal... Nunca llegábamos a perder el conocimiento, pero cuando no podíamos con el cansancio volvíamos tambaleándonos al hostal... Eran fiestas y las calles estaban llenas de gente, eran la única diferencia con otras noches. Aquella noche entramos por la puerta de la cocina que dejamos intencionadamente abierta, pillamos agua y algo de papeo antes de subir, y allí en medio del comedor estaba Jull sentado en una silla dando la espalda a la escalera, se le estaba cabalgando la hermana de Chuchi, una chica muy atractiva con un pelo rubio, liso y largo; no parecían haberse dado cuenta de nuestra presencia y no cesaron de gemir y moverse acompasadamente... Nosotros pasamos de largo como si nada, y ella escondía su rostro en el cuello de Jull.... Entré en la habitación y Manolo se quedó en la escalera obsevandolos... Encima de la mesa del escritorio junto a mi litera, Chuchi me había dejado mi parte, unas doce papelinas, que guardé en el cajón de mi mesilla. Me desplomé sobre la cama y no escuche ni entrar a Manolo. Empezaba el segundo asalto, aquella mañana estábamos con algo de resaca... Jull no vino a darnos los buenos días y yo fui a la habitación para abrir el cajón de mi mesilla, nos metimos unas filas y como locos dimos un servicio delirante... Comimos, echamos una siesta, nos dimos una ducha y a las cenas...
El cuarto día llegó, estábamos rabiosos, tensos, con esa sensación de reventar... Agotamos todas las elaboraciones, empezamos a improvisar recetas teníamos bastante maña, nuestra concentración no daba tregua, hasta que ocurren accidentes... Tendríamos unas catorce comandas clavadas en las escarpias que salían del frontal de la cocina, hubo el típico momento tonto en el que estás con la sartén por el mango y con destreza salteando unas cebolletas, y sorprendentemente sin la acción de echar licor para flambear, por el exceso de calor en el metal, se prendió con llamaradas que subían hasta la campana, incendiando a su paso todas las comandas... Había que ver la escena, en pleno apogeo del servicio, montando platos, cogiendo los platos sucios que nos traía la moceta de la sala y pasándoselos al mocete de la pica; procurando gestionar el tiempo con inteligencia para que todos los platos que se terminaban, fueran juntos a la misma mesa. Se inundó todo por una nube de papelitos negros como un confeti de funeral, absorbido por el extractor y empujado por las llamas, era el caos... Nos quedamos literalmente ciegos, empezamos a dejarnos llevar por las cosas que se amontonaban para emplatar, lo único que teníamos claro era la composición y el remate de las recetas: a los trozos de pollo asado le añadíamos la porción de salsa americana y cuando empezaba a hervir le echábamos las colas de langostino, emplatándolo con las patatas al horno y el cebollino picado en diminutos aros verdes; la lasaña la poníamos dentro del horno emplatándola humeando y con un sofrito de ajos, hongos, tomillo, higadillos de pollo y un aceite de perejil; el lomo de ciervo lo marcábamos sobre la plancha rugosa, lo imprescindible para que no estuviera crudo y no perdiera su ternura, terminándolo con un cazo de salsa de arándanos templada y unas patatas fritas, con unas hojas de albahaca en la cima de la carne; el arroz lo terminábamos con diez minutos de cocción añadiendo un caldo de colmenillas que hacían bucear los trozos de calamar, rectificábamos de sal y dentro de un aro metálico para que quedase bonito, poníamos una ración con queso curado de la zona y rallado a forma de sombrero y el aceite de trufa inundándolo todo con su olor y para rematar, alguna colmenilla salpicada por el plato; las raciones de merluza salían poco, pero quedaba un plato espectacular, era un plato que lo hacíamos al momento, que en siete minutos con la salsa hirviendo teníamos un pescado cocinado y jugoso, era impresionante el aspecto que quedaba después de retirarlo del fuego con esa salsa blanca que olía a vino blanco y se teñía de verde intenso cuando le ponías el perejil picadísimo, con las cocochas que el propio calor de la salsa descongelaban y se cocinaban antes de emplatarlo, cuando lo pedían las mocetas de la sala. En aquel servicio no tuvimos que cocinar al momento, sino a la voz de ya; ya que ciego no es el que no ve, sino el que no sabe; y no se sabe cuando y qué quieren los clientes hambrientos con la cartera llena. Corrimos como diablos, algunos clientes esperaron más de lo normal y el postre para todos igual.... Dulce de membrillo con queso blanco y nueces; después de aquella odisea no nos quedaron ganas ni de comer, caímos en los colchones de nuestras camas derrotados con el amargor de un mal servicio, donde la satisfacción del cliente fue baja por la espera.
Nos incorporamos como zombies para dar las cenas y después de recoger, ordenar, limpiar y hacer un recuento de las mercancías nos dispusimos a enfrentarnos al resto de la temporada, haciendo listas de compra, rectificando algún plato, cambiando otros y meter en carta otros, que resultaban más sencillos de ultimar... Mi amiguísimo estaba desencajado, Jull nos animó con su peculiar forma de hacer las cosas, cenamos los tres hablando de los pormenores de las fiestas y en resumen de lo bien que lo estábamos haciendo, nos dijo que si queríamos apuntarnos a salir con los hosteleros del pueblo, donde la última noche de fiesta era para ellos... Familiares y amigos quedaban atendiendo los negocios, mientras que camareros, camareras, cocineros, cocineras y cualquiera que tuviera marcha, bailaban en la verbena del pueblo, el asunto no pintaba mal, aún me quedaban en el cajón diez papelinas y dinero suficiente como para estar bebiendo tres días sin parar.... Nos dimos una ducha, nos vestimos elegantes y después de meternos unas filas nos fuimos escaleras abajo a desahogar toda la presión de los cuatro días tormentosos sin descanso... Toda la gente estaba con muchas ganas y medio colocada, era divertidísimo ir a los bares y encontrarte con ese personal patoso que no estaba acostumbrado a tirar cañas y ver como llenaban los vasos de espuma, los cubatas con hielo a rebosar y con tanta ginebra, que teníamos que pedir vasos más grandes para poder añadir hasta tres tónicas para que se pudiera beber... La gente estaba alborotada, la música se paraba, volvía a arrancar y saltaban canciones que te hacían reír o salir corriendo del bar; el ambiente era singular, veía como se echaban cosas en los vasos, veía como todo iba a más, ya no hacia falta ir al baño a esnifar... sobre el mostrador, pasabas una servilleta y allí volcabas aquellas papelinas que tanto me costó doblar... Los novatos se empezaron a cansar y apagando las luces empujaban a los propios dueños de los bares a la calle... Aún quedaba otro plan, ir de chamizos... Esas cocheras que se acondicionaban con palets, cartones, colchones y tinajas de vino cocido..... Picaderos en toda regla de los jóvenes del pueblo... Nunca vi tanto vicio desatado, Manolo estaba siendo comido a besos por la moceta rubia que servia el comedor; Jull me ponía rayas de dos en dos, Chuchi estaba embelesado con la cabeza entre las dos tetas de su novia; la música no dejaba de sonar, era imposible poder hablar, me dejaba llevar, mis sentidos estaban amplificados, mi equilibrio algo disminuido; se me acercó la hermana de Chuchi, con gestos pude adivinar que quería tabaco, se le veía que estaba entre rabiosa y colocada, miré a mi alrededor y ¡ya está!, Jull estaba metiendo mano a una chica del pueblo de al lado, que gustosa le correspondía, yo fruncí el ceño y mire a Chuchi que le daba igual lo que estaba pasando, estire mi mano hasta la cintura de su hermana y haciendo un poco de fuerza la acerqué hasta mi, me quedé mirándola rozando nuestros pechos, sin soltarle la cintura y esperando a que ella respondiera, presionó lentamente su pecho voluminoso y dejándome llevar le encaje mis labios en su boca, nos gusto, ya que no nos soltamos hasta que Jull, la cojió de la mano, me dio una bolsa con disimulo y se marcharon..... Me quedé con una sensación extraña, le di la vuelta a la bolsita, hice unas seis lineas paralelas, le hice señas a Manolo que seguía por allí, Chuchi también se percato de la jugada y se arrimo con su novia, y la que se había calentado con Jull vino directa a mi, cojió mi mano para ponerla entre sus piernas y metió uno de sus dedos entre sus labios... ¡puf!, dejarse llevar suena demasiado bien.... Me llevó hasta una furgoneta que estaba entre unos árboles aparcada en las afueras del pueblo y allí vi amanecer.....
Fui como un autómata hasta el hostal, no quise despertar a Manolo, ya que por debajo de su colcha se asomaban tres pies.... Me duché y baje a la cocina, solo pude tomar un café; encendí las máquinas, puse a asar los pollos; atendí al frutero que traía el pedido de la verdura, le comente que era la última semana de la temporada para nosotros, que tendría que hablar con Jull para seguir vendiendo. Antes de que bajara nadie, apareció la chica de la furgoneta por la puerta de atrás... Llevaba gafas de sol, dos coletas y un vestido amarillo y verde corto; confesó que querría volver a verme y me preguntó por mi nombre, de donde era y en que teléfono podía localizarme; yo estaba un poco sorprendido, porque la chica era un verdadero bombón, y lo de la noche anterior pensé que era un calentón... Le dije que estaría aún por el pueblo unos días, que no solía salir del hostal sino era de noche, pero que el merendero donde tenia la furgoneta aparcada me pareció de lo más tranquilo y agradable, para descansar por la tarde, me dijo que estaría allí hacia las cinco; le pregunté su nombre a la que me dio la espalda antes de salir, y girando su cabeza susurró Trinidad... Bajó mi amiguísimo, se comunicó con monosílabos, dejamos todo listo para el menú que dejamos de dar en fiestas, teníamos una crema de gazpacho, con picatostes de ajo; pasta con salsa americana y frutos del mar; ensalada de bacalao y garbanzos con vinagreta de pimientos asados; pollo asado con su jugo ligado y patatas asadas al gratén; poupietas de fletan con salsa verde y zanahorias; chuletas de pierna de cordero a la parrilla con patatas fritas y los postres de siempre: flan, helado, fruta en almíbar y tarta al güisqui. Fue un servicio tranquilo, no hablamos mucho, Manolo echando miraditas y risitas con la moceta de la sala; yo con escalofríos entre las piernas y pensando si ir al merendero; no estaba preparado para conocer a otra persona, con la que pudiera hacer algo más que viajar, conversar y reír. Soy persona que sin saberlo se vuelve dependiente, aunque esa es mi lucha, la independencia. Llegó el día de marchar, recogimos las cámaras frigoríficas, ordenamos los congeladores y subimos a por las maletas a la habitación, allí estaba Jull contando dinero, mientras hacia dos montones nos explicó lo contento que estaba de nuestro trabajo, nos confesó que para la temporada que viene le habían ofrecido además del hotel el camping junto al pantano, que buscaríamos a mas personal y nos encargásemos de las dos cocinas; no pintaba mal, pero tanto vicio era peligroso pensé; cogimos los fajos de billetes, nos despedimos contestándole que lo pensaríamos y fuimos a por el coche, allí estaba Martita, la moceta de la sala, esperando a Manolo, y un poco más allí una furgoneta con una chica de coletas, con un vestido corto; Manolo y yo nos miramos, aun nos quedaban diez días para continuar con los estudios de hostelería, nos guiñamos un ojo y sin pensarlo, me acerque a Trinidad, le di un beso y llamamos a Manolo, cogió a Martita de la mano, subimos todos a la furgoneta y pusimos rumbo a las montañas a perdernos; porque dejarse llevar suena demasiado bien.


II:

El camino que me llevaba al trabajo era de lo más peculiar; con una manzana en la mano cruzaba la plaza, callejuela abajo serpenteaban las piedras incrustadas entre hileras desordenadas; la luz del sol dibujaba formas en las sombras de los rincones, los empedrados terminaban en los lindes del río que cruzaba el pueblo; bocado tras bocado mi manzana perdía su forma redondeada, los chopos reñían con los cipreses movidos por el aire que sonaba como un extractor estropeado; algunos pájaros volaban buscando el calor de la mañana, yo agotaba la pulpa de mi manzana para terminar lanzando el corazón de semillas entre las zarzas, rodeaba la cabaña para entrar por la puerta de servicio, una vez en la cocina encendía la cafetera, conectaba el gas, prendía los quemadores y bajaba a cambiarme de ropa. Gloria dio los buenos días y fue a moler café para la ingesta de una dosis de cafeína necesaria para empezar un duro día; mis funciones eran las de cocinero, ayudante de la jefa de cocina que llegaba poco antes del servicio, le gustaban las cosas de una forma en concreto, yo me esforzaba por tenerlo todo a su gusto levantaba las salsas y las ponía a punto con un poco de mantequilla que al derretirse hacia de sombrero para que no se sequen en el baño maría, tostaba fideos en el horno para la fidegua, ponía el caldo de carne en el fuego pequeño, ponía en orden los cacillos y las sarténes cerca del pase, llenaba la mesa caliente con los platos de servicio; rellenaba los biberones con las reducciones y los aceites aromatizados, calentaba la comida de personal, descongelaba las piernas de jabalí y después a ordenar la cámara de la verdura; esta era la puesta a punto de todos los días más o menos, (había días que más); cuando llegaba Dolores ya estábamos tomando el café de después de comer, su rostro era el espejo de su alma; aquella mañana tenía unas ojeras descomunales, le temblaba el pulso al anudarse el mandil, su voz era floja y eso me inquietaba; se fue a mirar el libro de reservas con Narro el jefe de sala, camarero, sumiller y chico de los recados, todo en uno; Narro vivía en el ático del restaurante entre libros y plantas de interior, un tipo que hablaba poco, muy poco, lo justo; cuando Dolores volvió con un vaso en la mano me ordenó que sacara los guisos (llevaban cinco días en la cámara y quería levantarlos para sacarlos de carta en caso de que estuvieran fermentados) y el solomillo; teníamos a las tres una mesa de seis, de gente importante, quería ofrecer de sugerencia steck tartar, al segundo trago la voz se le iba afinando, subiendo de tono; los guisos estaban perfectos, las salsas untuosas, las guarniciones del día más que apetitosas, los fuegos, sarténes, y demás útiles en su sitio; quizá ansiosos de que alguien llegara salimos a fumar un cigarrillo junto a la caseta de las basuras que estaba en la entrada de servicio, el timbre nos decía que la puerta principal se abría, ¡meeeeeec!, falsa alarma debía de ser el cartero con algún certificado, porque Dolores se puso a despotricar como una loca, los gastos la consumían y pidió otro trago en vaso alto sin hielo; Narro distante obedecía, vaticinando un servicio de mierda en el que el ritmo se marcaba a golpes y gritos; a Gloria y a mi nos daba un poco igual, yo bohemio buscando belleza en el chup-chup de un jugo en ebullición y Gloria con las orejas gachas, típica postura de una maltratada por su novio drogata; ¡meeeeec! Pasaron unos minutos y llegó la primera comanda, -marchan dos, que empiezan con una fidegua para compartir y termina con un bacalla al graten y un civet de conill amb cebetas glacejades- Gloria como los rallos ponía el aperitivo en el pase y yo encendía la salamandra para que fuera cogiendo calor; Dolores daba más gas al caldero del caldo y yo elejia una sartén con dos asas echando dos cucharadas de marca que sacaba de un tuper que tenía siempre lleno en la cámara y dos puñados de fideos gruesos y tostados, se lo dejaba todo cerca a Dolores y volvía a mi sitio dejando una plancha de mimbre en el pase. Dolores buscó el mechero para encender el fuego pequeño, ya que tenia averiado el piloto; le dió chispa y puso la sartén de la fidegua encima, rehogó con ayuda de una espumadera y mojo con dos cazos de caldo; yo mientras tanto sacaba un cazo de 24 donde ponía una ración de conejo con unas cebolletas glaseadas, una cucharada de salsa, un chorro de agua y al horno a 200ºC; el bacalao lo puse en una sartén con un poco de fumet y al horno, unos piquillos en la plancha y la salsa de miel a mano. ¡Meeeeec! Dolores me dio la fideua y la puse a gratinar para que los fideos se pusieran tiesos, antes de dejarlo en el pase encima de la mimbre. ¡Meeeec! El timbre sonaba y las comandas seguían entrando: marchan cuatro que empiezan con suquet de rap i cloises para tres y una amanida de girgoles, llangostins al oli de tofona y terminan con dos cuixas de xai a la cassola, un filet de vedella al oporto amb xampinyons y un magret d´anec a la sal amb salsa agredolça. Gloria puso el aperitivo de cuatro, volvió a su partida para montar la ensalada, Dolores puso el caldero del suquet y mojo con el fumet para dar el ultimo hervor, yo puse las almejas en un cazo con algo de vino blanco para abrirlas, el cordero con algo de glasa en el horno, el solomillo a templar cerca de la parrilla y el magret en un plato con tres trozos de manzana glaseada cerca de Dolores; pasaron los minutos como si fueran segundos, Narro pidió el cambi de la seis, saque el conejo del horno, el bacalao lo tenia preparado para gratinarlo con la salsa de miel y el queso rallado, puse un plato caliente con el puré de espinacas muy verdes y humeantes, después de ver dorado y brillante el bacalao lo puse encima junto con los pimientos de piquillo muy rojos plancheados; el conejo en otro plato bien caliente con sus cebolletas glaseadas y salseado con los jugos bien ligados del interior del cazo; Dolores daba el visto bueno terminando con diferentes hierbas aromáticas picadas y coloridos brotes verdes y frescos; Narro con una habilidad pasmosa se deslizaba hacia el comedor con los platos flotando entre sudores. Pasaron los primeros de la mesa cuatro y sonó el timbre ¡meeeec!, eran las tres y debían de ser los seis gerifantes; Dolores se acordó del tartar... Me gritó para que fuera picando la carne de solomillo y tuviera a punto las guarniciones (pepinillo, cebolleta, blanco de huevo cocido, alcaparras y una yema de huevo crudo por persona). Dos cremas con chantilli para la seis que Gloria me dejaba en el pase para cremarla con la plancha; sonó un estallido, alce la vista y Dolores sacudía su mano derecha; el mechero que había dejado inconscientemente sobre la cocina, en la zona que mas calor subía del horno, se recalento hasta estallar al moverlo; de rabia y dolor Dolores agarro la sartén que mas a mano tenia y la lanzó hacia donde yo me encontraba, vomitando juramentos; tuve los reflejos suficientes como para esquivarla poniéndome detrás de la salamandra, y así evitar el impacto del metal incandescente; pidieron el cambi de la tres, y no tuve otra que recoger la sartén, dejarla en la fregadera y seguir con el bochornoso servicio; eche el solomillo a la plancha, las patatas a la freidora y el cordero fuera del horno; el pato que le deje a la jefa no estaba listo pero no estaba el horno para bollos, y me puse a emplatar para insinuarle de que algo le faltaba, miró las comandas e insulto mi inútil atrevimiento, inquirió en que siguiera con el tartar, a Gloria ordenó que pusiera seis aperitivos, seis degustaciones de ensalada y otras tantas de paté casero; corrió a terminar el pato y emplató los corderos, el solomillo después de naparlo con la dulce salsa de oporto y pedirme las crujientes patatas fritas; Narro se llevo los tres platos y para cuando volvió tenia el pato poco hecho, con las cremas dulzonas y tostaditas de la seis. Él trajo la comanda de los segundos de la mesa de los seis señores importantes: dos stek tartar, un fillet de vedella "mariposa" al roquefort y tres senglar estofat a la manera de l´avia; Dolores hizo un comentario tonto sobre el poco gusto de los comensales y ordenó aliñar las seis ensaladas degustación con la vinagreta de estragón; cuando dejó la nota y volvió a salir con los aperitivos; los patés se pusieron a sudar con las tostaditas de pan, el solomillo lo puse a templar, los quince trozos de jabalí en un cazo de veinticuatro con salsa y caldo suficiente como para que no se reseque, doce cebolletas glaseadas y nueve trozos de tocino salteado, al horno y sin demora a repartir las guarniciones de los steak tartar en montoncitos sobre los platos que tenia en el frigorífico junto a la carne picadita en diminutísimos dados cubiertos por un plástico film; Dolores seguía ordenando el comandero y yo subiendo y bajando la temperatura de la freidora, entró la comanda de postres de la seis y yo puse la plancha a calentar en el fuego otra vez, Dolores hizo el pase de las ensaladas y pidió los patés, yo separé dos yemas de huevo para los tartar, otra vez al frigorífico, Narro como una exhalación entraba y salia con vinos, pan, cafés y platos, todos los platos, sonaba el meeec de la puerta y en algunos momentos me atrevia a ordenar los platos llenos de restos de la fregadera, para que las columnas de porcelana no se desplomasen entre migajas perdidas, huesos chupeteados, pegajosos restos de salsas e invisibles jirones de grasa sobre los bosques de cubiertos metálicos sumergidos en agua enjabonada; Dolores me chillaba preocupada por si se quemaba algo; no pensaba solo obedecía, con el sopor del ruido y el calor; Gloria puso los postres en el pase yo queme la crema, Narro pidió el cambi y me fui a echar las patatas a la freidora, le di un corte al solomillo y lo puse sobre la parrilla pareciendo las alas de una mariposa volando entre xaldigas y nubes de humo, Dolores cogió la carne del steak de la cámara, la aliño con zumo de naranja, pimienta recién molida, sal, tabasco, salsa perrin´s, un poquito de brandi, parte de la cebolleta, pepinillo y blanco de huevo, todo en su justa medida, la de su fino paladar, me pidió los platos de las guarniciones y moldeo la carne amalgamada con un molde que puso en el centro del plato, terminó poniendo la yema cruda en todo lo alto y grito a Narro; este se enfadó en justa medida ya que no había levantado los entrantes de la mesa, y Dolores corrió para emplatar el resto; yo le acerque las crujientes patatas en una bandeja con papel absorbente, las saló y puso el solomillo junto a ellas con un cazo de salsa roquefort, los tres platos ornamentados del jabalí no tenían mayor decoración que las redonditas cebolletas glaseadas, los lardones de tocino y esos trozos casi jugosos del jabalí salseados de aromas extraordinarios, Narro entró con los platos desbarasados y volvió a salir con los segundos, seguimos un buen rato despachando elaboraciones y ya destensados viendo que aquello acababa con un orden ensayado; se apagaron los fuegos y las maquinas, enjabonamos los metales dejándolos brillantes, y después de pasar la fregona baje las escaleras para sacar dos jamones de jabali del arcón congelador; los dejé en la pica y me fui a cambiar al almacén que hacia veces de vestuario; salia por la puerta del jardín, atravesándolo por encima de las piedras incrustadas entre las hierbecitas, los arbustos y granados clavados a los costados y la hiedra sujetando como un corsé las piedras superpuestas del muro.
El camino de vuelta a casa era diferente, miraba los detalles del suelo arrastrando los pies dejando arañazos entre la graba tras de mi, la fauna de las acequias era inquieta, al igual que mis pensamientos; mi trabajo era bueno pero me sentía mal, no me gustaba asistir a tanta violencia, Dolores me culpaba y la tomaba contra mi persona,yo era un cocinero mas en aquel infierno de aluminio, fuego y vapores aromáticos.

Callejuela arriba serpenteaban las piedras incrustadas entre hileras desordenadas supurando calor; las sombras habían cambiado de lugar. En casa disfrute de una ducha conmigo mismo y con la suave música de mi transistor dormí hasta las ocho; volví callejuela abajo, las piedras serpenteando incrustadas entre hileras desordenadas, las farolas marcaban círculos de luz y las sombras lo eran todo, el camino nocturno tenia su punto de terror, solo sonidos sin imágenes hasta que llegue a la cocina atravesando la puerta de servicio, abrí la maneta del gas, puse la sopa a  calentar y en una sartén con un dedo de aceite de oliva eche un ajo golpeado con su piel, arrime a la plancha que iba subiendo de temperatura, enharine los restos del rape y los frei, apañe con una mezcla de aceite y vinagre de vino la ensalada y llegó Gloria, las noches eran tranquilas y venia con los ojos rojos, siempre dudaba de si eran de llorar o de fumar porritos, cenábamos cuando los fideos de la sopa de pelota estaban al dente, antes de ponernos a la faena comíamos una pieza de fruta repasándolo que se había terminado al mediodía; Dolores no aparecía si no la llamábamos y Narro cenaba de pie junto a la cafetera mirándonos curioso en silencio, como preparábamos la mice en place del día siguiente; yo tenía que preparar entre otras cosas el jabalí; cuchillo en mano separé los huesos del musculo de las dos piernas, las corte en trozos y después de salpimentar y enharinar, los freí en manteca de cerdo, después de dejar los trozos en un escurridor rehogue seis cebollas pequeñas y tres cabezas de ajo cortadas a la mitad, en la misma cazuela, una vez pochadas añadí dos mondas de naranja, una de limón, dos ramas de canela y vino tinto del año a reducir; después vuelta a introducir la carne escurrida, cubriéndolo todo con caldo de carne y a fuego lento lo deje con la tapa, le costaría mas de una hora, mientras inhalaba los aromas cítricos mezclados con la canela, moviendo las manos en otros menesteres; yo con mis pensamientos abrumados le daba vueltas a todo lo que quedaba por aprender, todo lo que quedaba por soportar, todo lo que podría aguantar durante los cuatro meses que me quedaban para concluir un contrato que siempre te piensas si renovar, más cuando no sabes, si es un trabajo seguro para la salud física y mental. Aquella noche no dimos ni un solo comensal, me dio tiempo a sacar los trozos de carne uno a uno, las cascaras de los cítricos y los palos de canela, el caldo de cocción lo triture para pasarlo por un chino, lo puse de nuevo a hervir para que se ligara y se oscureciera mientras le introducía los trozos de jabalí, probé de sal y lo deje reposar, limpie los artilugios de cocina y me cambie, Gloria me comento si podía acompañarle al bar de la cuesta... no estaba lejos pero daba un poco de miedo andar solo por los caminos; me pareció bien y así aprovechaba para tomar una cerveza casera, hablaban su lengua, no era la mía aunque me sonaba, me traía recuerdos de mis abuelos, me contaban cuando vivieron al pie de la montaña, en un paso fronterizo donde los militares vigilantes sobrevivían en el final de una guerra, con persecuciones, miedo y muerte. Me sentía muy cómodo, cuando se dirigían a mi persona me lo hacían saber, y yo avergonzado insistía en que les entendía, no era necesario que hicieran mayores esfuerzos porque yo estuviera allí. Eran afables, y yo agradecido... Pase mas de dos años entre ellos, mi contrato de cuatro meses no fue renovado, ya que me posicione en una actitud discutidora, Dolores no aguantaba mi arrogancia y pude con ella, me despidió, entre la cólera y la impotencia, le hacia buena labor, su labor... Luego me busque la vida para poder pagar el alquiler del piso, comer y comprar cerveza casera; con un pico y una pala en las canteras, con una carretilla elevadora en los almacenes, vendimiando en las viñas que vestían trozos del campo, con una señal de trafico a pie en la carretera indicando peligro; fue enriquecedor y me reafirmo como persona capacitada para sobrevivir en un mundo indomable, peligroso, incomodo. En mis paseos matutinos, me cruzaba con Narro y cordialmente me saludaba, veía en su mirada que por el motivo que fuera el no podía hacer lo que yo, porque el lo deseaba, se le notaba, en el restaurante a veces salia mirando al suelo con los brazos caídos en el trayecto de la cocina al comedor, y Dolores se encendía con el despectivo de inútil... Ay! que angustia, nadie se merece ser tratado así, aunque cada uno soporta lo que sabe que puede aguantar...

I:

Disfrutaba con el chisporroteo de las brasas del asador cuando conectaba el ventilador; sentía el pulso del acha cuando descoyuntaba el espinazo de un chuletón del lomo de una vaca de algo más de tres cuartos de kilo; escuchaba el deslizar del cuchillo, tajando carnes rigurosamente tiernas. Las comandas atacaban en orden, despachandolas entre cantos detallados a las cuatro partidas; cada compañero sabia lo que tenia que hacer a la voz de “ya”; la máquina funcionaba y las piezas del engranaje disfrutaban con su trabajo cuando entregaban sus platos listos para ser descubiertos con el valor del trabajo que no se ve... Las salsas en las que participan los huesos y tuétanos tostados al menos una hora en el horno candente y una jornada hirviendo con verduras que saltan entre borbotones de agua y grasa fluyente; los alimentos que adquieren sabores dorados sobre sarténes calientes, parrillas incandescentes, salamandras ahumadas y brasas imprescindibles; verduras chorreando vida y frescor guarniciendo carnes muertas que desprenden aromas embriagadores, todo un poema. Fuente no dejaba de reclamar el sigue de la mesa tres, ante el interrogante acudí al comandero y como siempre el que anota no se equivoca; faltaban los pimientos... Mi mirada se dirigió hacia Sara, nerviosa por la tensión del servicio no se percataba de que en el fuego tenía la sartén engullida por las llamas del quemador y en su interior los pimientos; con la justa preocupación de si quemará el mango de la sartén, retiré gritando: “a mi los bomberos”; mientras, todos levantaron la mirada y se dieron cuenta de que ahora no era el momento de relajarse, había que seguir alerta. Emplaté los pimientos (variedad tres picos o najerano, más carnosos y dulces que los piquillos; con un aroma ahumado excepcional); añadiéndoles una melaza de anchoas que con sus brillos azulados desaparecieron por el pase, posados en un impoluto plato blanco agarrado por la mano de Fuente, que se lo llevó cocina afuera. Los platos se deslizaban por el pase como en una pasarela de moda, cuidando los detalles: esa gota que sobra, añadirle una flor de hinojo, un cordón de jarabe de moscatel, unas láminas crujientes de jamón en todo lo alto, unas escamas de sal de vino, etc... Fueron pasando las comandas, chorreando los poros y nos dieron algo mas de las cuatro. La partida de Sara estaba limpia, en el fuego se terminaba un pescado más pasado de la mesa del grupo de diecisiete y Ana hiperactiva remataba los postres de un servicio relativamente duro. Marta seguía dando manguerazos a los platos que no dejaban de golpearse entre si; monotonía hasta que algo sonaba con fuerza; la veía echando humo, quemada, me preocupaba; solo pensaba en que no reventara, no estaba el horno para bollos. Después de repasar la lista de la compra con Lala y comprobar las cámaras con Sara, tendría que llamar al fontanero para que enganchara el desagüe de la cafetera, ya que los cartones del suelo no se llevan en el siglo que nos ha tocado; también tenia que hablar con el asesor por la documentación que había que presentar para la subvención, en la que no tenía ninguna esperanza, pero esto es como la lotería, si no compras no te toca...
Tendría que hablar con Marta, ahora dirigía un negocio y tenia que ordenar las piezas de un motor, que si no cuidaba de él podría dejar de funcionar o ser poco competitivo. Era sencillo pero doloroso estar a tantos frentes, la máquina funcionaba, pero me exigía más que esfuerzo, tiempo. Sonó el teléfono y era Tutis un discípulo aficionado a la cocina; me preguntó sobre un menú con el que quería sorprender a unos clientes en su txoco; nos liamos a imaginar un tapiz de sabores y sensaciones; para mi seguía siendo trabajo pero menos tenso pues salir de aquí a estas alturas era pura distracción, ya que toda mi vida estaba alrededor de un engendro creado para repartir satisfacción.
Nene se acercó para comentarme que en el grupo de diecisiete había una persona que me conocía y quería saludarme, me abroche la chaquetilla, me puse un delantal decente y salí... Estaban en el comedor uno; pasé por el comedor principal, a vista de pájaro vi tres mesas con la bandeja de la cuenta, unas tazas, alguna copa teñida de granate y botellas, algunas medio vacías y otras medio llenas; otras tantas mesas estaban todavía ocupadas, procuré no ver mientras miraba y en la mesa del corner me saludó Tomas, un proveedor ilustrando a sus acompañantes; me acerqué, la verdad es que tenemos feeling, me presentó como al artista del restaurante a toda la mesa, sorprendentemente me acordé de la terrina de manitas de cerdo ibérico con boletus y foiegrass que llevaba la comanda de la seis en los entrantes, para preguntarles si les había gustado, me dieron la enhorabuena ya que había sido de lo que más les había dejado recuerdos... Me disculpé por tener que marcharme y me deslice hasta el comedor uno. Cuando entré había un bullicio considerable como no sabía quien me había llamado intente recorrer rápidamente mi mirada por sus rostros y reconocer a alguien para dirigirme a él; para cuando quise darme cuenta se había hecho el silencio y como estaba en mi engendro les dí las buenas tardes, pasaron unos segundos mientras contestaban amontonadamente y pasados esos segundos de desconcierto, alguien alzó la voz diciendo -coño, que bueno estaba todo-; era Marza, la directora del museo contemporáneo, llevábamos un rollo informal y distendido; colaboraba con ella en sus instalaciones con agapes, vinos españoles, cocina en vivo y en directo, y menús temáticos; salí recurriendo a que líos se traía entre manos, ella salió contestando con la inauguración de una exposición de escultura; algunos de los artistas estaban entre los comensales y me invitaron a pasarme por la inauguración, esta vez no era para trabajar. Hice algún comentario sobre el vino que tenían sobre la mesa (variedad de uva, filosofía de la bodega), estaban muy agusto, encantados... que ambiente tan agradecido, me preguntaron sobre los postres y desgrane las elaboraciones gesticulando, en viñetas cómicas. Estuvimos quince minutos aproximadamente intercambiando opiniones sobre el proceso creativo, que es a donde llevaron ellos la conversación; puse la disculpa de las obligaciones y salí de allí aturullado entre sensaciones de artista y objeto; se ha puesto de moda que el cocinero salga a la sala, con mesas llenas de desconocidos, mostrándose como el creador de todo, cuando no dejas de ser una pieza más del engranaje; la llave que no hace contacto sino hay electricidad...
Me fui a la cocina y Marta estaba con Nene repasando las copas que escupía el lavavajillas, ahora estaba más suave, pero tendría que hablar con ella tarde o temprano, Nene me comentó que había sonado el teléfono, antes de ir hice vista de pájaro por la cocina y allí estaba el puchero sobre la placa radiante; el fondo de carne, la chuleta también la tenía colgada en el asador, la vestí con su camisa de algodón y me la llevé entre mis brazos como a un chiquillo hasta la cámara de carnes; volví a la cocina apague el gas, cogí las comanda en un puñado y me fui al despacho. Vi el teléfono y era el frutero quien había llamado; le llamé fastidiado ya que me había faltado la escarola y tuve que improvisar la ensalada de tomates secos, ciruelas y queso, con berros; me comentó que había pinchado la furgoneta y no tenía rueda de repuesto, a lo que pudimos quedar en vernos al día siguiente con un añadido y algún detalle por las molestias. Llamé al resto de proveedores, las chicas fueron saliendo y Marta se me escapó, bueno, quizás quise dejarla para el día siguiente; me sentía cansado de razonar y calcular las palabras, me apetecía salir de aquí (maldito engendro); tenía un par de horas para asearme, descansar y reunirme con Tutis en su txoco. Cuando iba a ese tipo de acciones, no solía llevar nada, ya que cuando soy yo el anfitrión pienso en todo, cualquier cosa puede ser fatal, es un compromiso no abrir una botella de un blanco viura, cuando en el menú tengo ternera con hongos; cortocircuito, lo siento pero menos un viura fresco cualquier crianza de tempranillo para acompañar la ternera con hongos. Llegué al txoco y estaba Tutis solo, las bolsas estaban por el suelo, el horno abierto manando calor, Tutis con su delantal agarraba los cuartos de cordero asado que volteaba sobre la placa del horno regándolos con vino blanco; le pregunté a que hora venían y me dijo algo nervioso que aún quedaban un par de horas; seguí preguntándole que le faltaba por hacer, no respondió; yo estaba allí para ayudarle, así que cerré el horno, le cogi del hombro para transmitirle serenidad y me puse a guardar y distribuir las cosas que había comprado; botes de cardo, tostadas de pan, envases de queso untuoso y ácido, huevos, escarolas, etc... Me comentó los pormenores del menú ya que de lo que me había contado por teléfono solo se mantenía en el cordero asado; estaba esperando a doce personas, entre ellas dos bodegueros, una periodista, un director de banco y varios ejecutivos de la empresa privada; le dije que me dejara solo en la cocina mientras la organizaba un poco, él mientras podría montar la mesa, accedió de buen gusto y por fin pude quitar las malditas bolsas extendidas por el suelo, en la cámara puse lo refrigerado y el resto en la encimera; saqué las ensaladeras. Tutis apareció con un par de copas de vino y mientras las golpeábamos, brindamos por los asistentes, osea nosotros dos; me indicó que el vinagre de manzana estaba en el armario, sobre la cámara, tenía pensado hacer una vinagreta con unas fresas maduras y aceite virgen. Las patatas las puse en una olla para arrugarlas con abundante sal, para la guarnición del cordero que terminaríamos regándolo cada quince minutos con una mezcla de vinagre y miel. Solo faltaba el primer plato, cardo con una bechamel enriquecida con queso, almendras tostadas y huevo cocido. Tutis sacó la mantequilla de la cámara y la deshizo en una sartén alta, añadió el harina, rehogó durante unos minutos y a golpes de cazo añadió la leche templada, cuando hubo una crema suave añadió el resto de ingredientes y probó de sal; se le veía abstraído por la elaboración, meditando en su interior, quien sabe que genialidades se le pasarían por la cabeza para abrumar a sus invitados. Continuamos elaborando la vinagreta de fresas, los huevos cocidos para terminar el cardo; el asado olía magnifico, la bruma de la cocina del txoco era fascinante, en compañía de Tutis una genial persona con un aspecto impoluto, que hablaba con la seguridad de la experiencia y la sabiduría... Dejamos las bandejas preparadas, las ensaladeras llenas , el pan cortado y nos fuimos a la bodega, antes de llegar a la mesa había dos grandes puertas en la pared de la escalera, nos paramos enfrente y cuando habrimos esas dos hojas de madera vieja, se encendió una luz fría, que iluminaba inteligentemente unos nichos con forma de cubo, unos sobre otros, me dio la sensación de un armario empotrado lleno de cajas de escayola desordenadas y rellenas de botellas, pero los reflejos del cristal, los tonos verdosos, las sombras, muchas sombras... las siluetas cilíndricas, circulares... era mas que un hueco de escalera ornamentado con escayola, era un museo lleno de historias que desgrano Tutis, con los detalles de las marcas, los viñedos, los bodegueros y las maderas... Las añadas míticas de las bodegas mas punteras; los caldos obtenidos a capricho con la mejor selección de uvas... fue una lección en ecológica, marketing, historia y filosofía.
Estaba un poco saturado de tanta información, empezaba a sentir el hambre, eran casi las ocho y media y estaba sin comer... No puede ser, pero no puedo, el engendro me ha atrapado; me llamó Tutis para abrir el vino, quedarían unos quince minutos para que llegaran los invitados. Oxigenamos el vino, sacamos el pan y las ensaladas sobre la mesa, volvimos a la cocina y me sonó el teléfono, había saltado la alarma del restaurante... El engendro nunca duerme ni descansa; me fui a mi pesar, pero también necesitaba estar a solas, con mis pensamientos; este tipo de comidas me cansaban someramente, ya que el esfuerzo intelectual que requerían para mi era superlativo. Llegue al local y allí estaba la guardia civil, me pidieron identificación y entramos juntos por la puerta de servicio, ladrones no había, todo estaba en su sitio, miramos por todas partes intentando entender que era lo que había hecho saltar la alarma, y después de hacer el parte, cerré y me fui a comer una ración de anchoas rebozadas al bar que tenia junto a casa; aquella noche dormí inquieto y comenzó mi rebelión interna, tenia que librarme de semejante esclavitud, todo iba bien pero el engendro me comía por dentro; renuncie a todo por estar entre la élite, por magnificar un oficio único, ignorado, casi perdido... la tendencia en alimentación estaba cambiando, la quinta gama, esos productos ya cocinados que con un calenton y una salsa son platos con nombre y apellido comestibles, estaban haciendo que se perdiera la acción de cocinar, de transformar los alimentos, la paciencia desapareció; por eso cocino, para reivindicar un arte, una forma de vivir, un saber hacer, con constancia, con paciencia ya que lo que se construye es efímero, aunque ese momento de la ingesta irrepetible se queda provocando a las sensaciones que se despiertan cuando se huele, se ve, se saborea... La pasión que siento es la que me mueve, la que me pone alerta, me fascina conocer lo que me gusta, es tan agradable vivir un oficio que funciona al limite; que observa lo que sucede a su alrededor y siempre están el buen humor bailando con la rabia, y te curte como para dar una explicación a un cliente que no entiende que tenga que esperar, aunque esté en un salón entre cien clientes más... tampoco se entiende que pongas unas espinacas crudas para dar frescor y textura a un plato de pasta con crema, en este oficio nadie se cabrea porque es domingo, juega su equipo y él no puede estar... Hay que ser de otra casta para aguantar esta entrega; es nuestra naturalidad... Igual que la que tendría que tener para explicar a Marta que se motivaba a la hora de trabajar o tendría su carta de despido, yo sabia lo podía hacer pero no sabia porque su actitud cambió; tomé un café en el bar de siempre, me reí con Jose con su despotismo universal... Escuche la radio musical hasta llegar al restaurante, mientras me abstraía con el paisaje luminoso dando silueta al horizonte. Teníamos pocas reservas, esto no quitaba que tendríamos que elaborar todo lo que se vendió el día anterior nos llevaría toda la mañana, las ollas cayeron al tablero de juego... Unas con agua y tapa, otras con manteca de cerdo y aceite, unas a todo gas, otras con calma, sacamos las cestas con verduras, cuencos con patatas, bandejas con pescado y las tablas con los cuchillos afilados; tomamos café y nos repartimos las tareas: uno con los fritos y el plato de pescado, otro con las salsa y guarniciones de las carnes, y mi querida Ana con sus postres y ensaladas, es magnifica y es también extraordinario verla moverse por la cocina. Agache las orejas y me puse manos a la obra, empece a racionar las carnes a reducir los vinos para las salsas, limpie las hierbas aromáticas, hice almibares de colores para las decoraciones, corte dados de patata para confiarlos en aceite de oliva, regué el asado con unas ramas de romero y una mezcla de vino blanco y vinagre de frambuesa, triture la pasta de tomates secos, avellanas, ajos y tomates asados, marqué las verduras en la parrilla con sus paralelas lineas tostadas, ligue con la masa de mantequilla y harina tostada las salsas dándoles un batido enérgico y sacandoles un brillo cegador, rellene los biberones con las salsas organizadas en la cámara, solo había que cocer la pasta y sacar el asado, sonó el teléfono y volví a la realidad, habitualmente el teléfono me interrumpía constantemente dejando las elaboraciones en descanso y claro cuando no hay tiempo, entra la prisa... Mala consejera; aquella mañana estaba siendo excepcional, todo fluía, todo reaccionaba como se esperaba, las cosas estaban en su punto, como en su momento se pensó, hasta la llamada fue excepcional, mi madre me dijo con calma que había muerto Blas, un perro, mi amigo, mi compañero, el único que me quería sin saber porque, el único que me esperaba cuando yo podía descansar en esos días y horas en que todo el mundo está ocupado; escondí mi rostro entre las manos y suspiré. Me llamaban de la cocina, y maldita sea el engendro irrespetuoso, no daba tregua, ahora estaba en una situación limite, él o yo; no lo pensé, me levanté y le corte su vena principal... Ahora sentía frío, estaba inmóvil, la luz era cada vez más blanca, mi sensación era de alivio, allí no había nada, era todo sencillo, sentía irme, pero a veces hay un lugar mejor donde puedes elegir, siendo libre.


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