viernes, 11 de julio de 2014

RELATOS III

III:

Conducía un Opel Corsa gris metalizado prestado, por aquellas carreteras de alta montaña dejadas de la mano del MOPU; en aquellos años de transición en compañía de mi intimísimo colega Manolo, un tío de poca conversación pero divertido, de confianza pero distraído, genial y atrevido; teníamos entrevista de trabajo en un hostal-bar-restaurante, muy normalito; once habitaciones, comedor para cuarenta personas y a pie de la carretera principal a la entrada del pueblo, que era la cabecera de la comarca más olvidada del centro de la península; la corriente turística que alimentaba aquellos lugares era de personas de alto poder adquisitivo, que buscan la naturaleza de una playa de agua dulce, los caminos sombreados llenos de piedras sueltas entre peñas y laderas, aire con aromas a sotobosque, gastronomía montañosa y descanso entre replicar de campanas.
La carta del restaurante debía de ser sencilla, el menú asequible para los abundantes obreros que movían tierras y limpiaban bosques por la zona, la calidad de la comida, la que se pudiera obtener con los productos que nos traían los proveedores quincenalmente y la rapidez del servicio la misma que se exige cuando se llena el comedor de personas hambrientas con la cartera llena.
El dueño era un joven como nosotros, con mirada avispada, conversación acelerada y cabeza desordenada; nos enseño la cocina; amueblada con una pequeña freidora de un par de litros, cuatro fuegos a gas, un horno a la altura de las rodillas, una plancha con dos texturas, una lisa y otra rugosa, fregadero, tajo, congelador de pie, cámara de cuatro puertas, encimera central metálica y un lavavajillas para desriñonarse..... De allí fuimos por un pasillo dejando a un lado la salida al comedor, al otro lado una puerta que daba al almacén lleno de barquillas de plástico apiladas hasta el techo con cascos retornables de cerveza y refrescos, que a su vez tenía salida a un patio con unas jaulas de gallinas vacías unos comederos de conejos y dos muros ocultando las cochineras huérfanas; seguimos el pasillo esquivando los cubos de la fregona y los palos de los escobones que se apoyaban sobre el rollo de manteles de papel, hasta que nos encontramos con la entrada al mostrador del bar y las escaleras a las habitaciones.
El lugar parecía limpio aunque las baldosas fracturadas de los peldaños se movían, los travesaños carcomidos con agujeritos infinitos en la barandilla rechinaban y las puertas perdían la cascarilla de la pintura estropeada por la edad y la sequedad del lugar; nuestro alojamiento estaba en la primera planta sobre el salón del comedor, compartíamos el baño con tres habitaciones más, ocupadas cada una por tres literas, listas para los clientes que estaban por llegar. Valoramos las horas de trabajo, las responsabilidades con las compras y las tareas de orden y limpieza, Manolo hizo la pregunta del millón, ¿cuanto íbamos a cobrar?; con la manutención y el alojamiento incluidos, no nos pareció mal; cerramos el trato nos dimos las manos y no pensamos en lo que nos esperaba: un verano largo y escocido, sin un solo dia de descanso, una cocina reducida, turnos partidos o mejor dicho turnos continuos y un jefe bastante flipado; por aquellos tiempos escuchábamos heavy metal y fumábamos bastantes porros y las cosas mas duras las dejábamos para cuando había fiestas, vacaciones o cosas que celebrar; pero aquel lugar era una bacanal... Nos levantábamos sobre las nueve y tomábamos un café con bollos de leche, organizábamos la cocina; las guarniciones, las salsas, las carnes y pescados en raciones y los tres primeros y segundos del menú solo para calentarlos. Hacia las doce aparecía Jull, el jefe; sacaba una papelina del bolsillo la volcaba sobre el tajo de madera que estaba en la entrada y alineaba dos montones en filas y nos daba los buenos días; Manolo y yo nos mirábamos, nos encojiamos de hombros, sonreíamos con picardia y mientras mi intimísimo amigo esnifaba una linea yo traía una jarra del agua llena de cerveza fresquita, mientras yo esnifaba la otra, mi intimísimo amigo ponía la cinta de los Manovar a toda castaña. Todos los días eran igual; nos levantábamos, café con bollos, organizábamos la cocina, los buenos días de Jull, el servicio acelerado hasta las cinco y media, comíamos todo lo que queríamos, terminábamos exprimiendo con alergia la botella con el licor de hierbas gallegas, echábamos la siesta, a las ocho tomábamos una caña y encendíamos la maquinaria para dar las cenas, trabajábamos entre porros y cervezas, terminábamos limpiando, barriendo y fregando, hacíamos la lista de la compra, apuntábamos lo que se había terminado y en la habitación decidíamos que hacer: si dormir o marcharnos de juerga... esta segunda posibilidad era la que menos enlejiamos, ya que cuando salíamos no pensábamos en la cartera y aquel verano era para guardar dinero que necesitaríamos para terminar el último curso de nuestra formación profesional en hostelería. Mientras estudiábamos ya nos lo pasábamos suficientemente bien, como para tener ansias de libertad, ese verano debía de ser un verano fructífero, de los de sumar y no restar. Pasaron los días, pasaron las noches, y veíamos como se lo pasaban las gentes del lugar... Llegaron las fiestas del pueblo; estábamos preparados ya que pasamos una semana con extra de trabajo, elaborando la previsión de las raciones que podrían venderse en cinco días locos. Cuando pasamos el primer servicio la cosa fluyó, fue intenso porque estuvimos cinco horas ininterrumpidas montando platos con elaboraciones al momento. Una cocina bastante elaborada para el volumen de venta y del personal escaso; fuimos a la habitación sin comer y allí estaba Chuchi, el amigo amiguísimo de Jull; estaba sentado en una silla delante del escritorio junto a mi litera, con una montaña de sustancia anfetamínica, haciendo particiones y pesándolas en una tana no muy grande, las porciones las volcaba en papeles doblados con forma triangular que después de plegarlas se convertían en papelinas con forma de sobre de correos, Manolo calló sobre su cama como un saco, y yo miraba a Chuchi, como movía la mandíbula y acompañaba con la lengua los movimientos de los dedos dando pliegues en el papel. Le pregunté si necesitaba ayuda, ya que se le veía con poca maña, y me ofreció a darme una parte del botín por mi ayuda... Empecé a cortar papelitos cuadrados de un cuaderno con hojas en blanco, el pesaba y yo doblaba las esquinas de los papeles, perdí la cuenta para cuando, sonó el despertador de Manolo, nos despedimos del amiguísimo y bajamos a la cocina; encendimos los fuegos y el resto de maquinaria, hicimos un recuento y anotamos lo que faltaba para pasarlo a los de la sala, comenzamos a dar las cenas y otra vez como poseídos montamos platos llenos de carnes asadas, pescados delicadísimos, salsas humeantes y guarniciones brillantes, de verduras de colores... Ya empezaban a conocernos como auténticos cocineros, pedían lo que más recuerdos dejaban en clientes que chafardeaban de que habían comido allí... Jull se sentía orgulloso de sus fichajes para la temporada de verano, venia con jarras llenas de cerveza, y sus comentarios eran halagadores aunque nosotros modestos, no parábamos de pasar la bayeta a las superficies de aluminio, de ordenar las cazuelas brillantes o de pasar el mocho con agua enjabonada por el suelo, mientras el se lo flipaba; después de apagar aquella noche las luces de la cocina, nos fuimos al bar de la plaza del pueblo, para saborear unos bocadillos repletos de embutidos, acompañados de patatas crujientes y cervezas chorreando espuma, fumábamos unos cigarros y nos dejábamos convencer por cualquiera para ir al pub y seguir bebiendo cervezas espumosas, fumando canutos entre delirantes sonidos de guitarras, al compás de bombos y cajas golpeadas con fuerza brutal... Nunca llegábamos a perder el conocimiento, pero cuando no podíamos con el cansancio volvíamos tambaleándonos al hostal... Eran fiestas y las calles estaban llenas de gente, eran la única diferencia con otras noches. Aquella noche entramos por la puerta de la cocina que dejamos intencionadamente abierta, pillamos agua y algo de papeo antes de subir, y allí en medio del comedor estaba Jull sentado en una silla dando la espalda a la escalera, se le estaba cabalgando la hermana de Chuchi, una chica muy atractiva con un pelo rubio, liso y largo; no parecían haberse dado cuenta de nuestra presencia y no cesaron de gemir y moverse acompasadamente... Nosotros pasamos de largo como si nada, y ella escondía su rostro en el cuello de Jull.... Entré en la habitación y Manolo se quedó en la escalera obsevandolos... Encima de la mesa del escritorio junto a mi litera, Chuchi me había dejado mi parte, unas doce papelinas, que guardé en el cajón de mi mesilla. Me desplomé sobre la cama y no escuche ni entrar a Manolo. Empezaba el segundo asalto, aquella mañana estábamos con algo de resaca... Jull no vino a darnos los buenos días y yo fui a la habitación para abrir el cajón de mi mesilla, nos metimos unas filas y como locos dimos un servicio delirante... Comimos, echamos una siesta, nos dimos una ducha y a las cenas...
El cuarto día llegó, estábamos rabiosos, tensos, con esa sensación de reventar... Agotamos todas las elaboraciones, empezamos a improvisar recetas teníamos bastante maña, nuestra concentración no daba tregua, hasta que ocurren accidentes... Tendríamos unas catorce comandas clavadas en las escarpias que salían del frontal de la cocina, hubo el típico momento tonto en el que estás con la sartén por el mango y con destreza salteando unas cebolletas, y sorprendentemente sin la acción de echar licor para flambear, por el exceso de calor en el metal, se prendió con llamaradas que subían hasta la campana, incendiando a su paso todas las comandas... Había que ver la escena, en pleno apogeo del servicio, montando platos, cogiendo los platos sucios que nos traía la moceta de la sala y pasándoselos al mocete de la pica; procurando gestionar el tiempo con inteligencia para que todos los platos que se terminaban, fueran juntos a la misma mesa. Se inundó todo por una nube de papelitos negros como un confeti de funeral, absorbido por el extractor y empujado por las llamas, era el caos... Nos quedamos literalmente ciegos, empezamos a dejarnos llevar por las cosas que se amontonaban para emplatar, lo único que teníamos claro era la composición y el remate de las recetas: a los trozos de pollo asado le añadíamos la porción de salsa americana y cuando empezaba a hervir le echábamos las colas de langostino, emplatándolo con las patatas al horno y el cebollino picado en diminutos aros verdes; la lasaña la poníamos dentro del horno emplatándola humeando y con un sofrito de ajos, hongos, tomillo, higadillos de pollo y un aceite de perejil; el lomo de ciervo lo marcábamos sobre la plancha rugosa, lo imprescindible para que no estuviera crudo y no perdiera su ternura, terminándolo con un cazo de salsa de arándanos templada y unas patatas fritas, con unas hojas de albahaca en la cima de la carne; el arroz lo terminábamos con diez minutos de cocción añadiendo un caldo de colmenillas que hacían bucear los trozos de calamar, rectificábamos de sal y dentro de un aro metálico para que quedase bonito, poníamos una ración con queso curado de la zona y rallado a forma de sombrero y el aceite de trufa inundándolo todo con su olor y para rematar, alguna colmenilla salpicada por el plato; las raciones de merluza salían poco, pero quedaba un plato espectacular, era un plato que lo hacíamos al momento, que en siete minutos con la salsa hirviendo teníamos un pescado cocinado y jugoso, era impresionante el aspecto que quedaba después de retirarlo del fuego con esa salsa blanca que olía a vino blanco y se teñía de verde intenso cuando le ponías el perejil picadísimo, con las cocochas que el propio calor de la salsa descongelaban y se cocinaban antes de emplatarlo, cuando lo pedían las mocetas de la sala. En aquel servicio no tuvimos que cocinar al momento, sino a la voz de ya; ya que ciego no es el que no ve, sino el que no sabe; y no se sabe cuando y qué quieren los clientes hambrientos con la cartera llena. Corrimos como diablos, algunos clientes esperaron más de lo normal y el postre para todos igual.... Dulce de membrillo con queso blanco y nueces; después de aquella odisea no nos quedaron ganas ni de comer, caímos en los colchones de nuestras camas derrotados con el amargor de un mal servicio, donde la satisfacción del cliente fue baja por la espera.
Nos incorporamos como zombies para dar las cenas y después de recoger, ordenar, limpiar y hacer un recuento de las mercancías nos dispusimos a enfrentarnos al resto de la temporada, haciendo listas de compra, rectificando algún plato, cambiando otros y meter en carta otros, que resultaban más sencillos de ultimar... Mi amiguísimo estaba desencajado, Jull nos animó con su peculiar forma de hacer las cosas, cenamos los tres hablando de los pormenores de las fiestas y en resumen de lo bien que lo estábamos haciendo, nos dijo que si queríamos apuntarnos a salir con los hosteleros del pueblo, donde la última noche de fiesta era para ellos... Familiares y amigos quedaban atendiendo los negocios, mientras que camareros, camareras, cocineros, cocineras y cualquiera que tuviera marcha, bailaban en la verbena del pueblo, el asunto no pintaba mal, aún me quedaban en el cajón diez papelinas y dinero suficiente como para estar bebiendo tres días sin parar.... Nos dimos una ducha, nos vestimos elegantes y después de meternos unas filas nos fuimos escaleras abajo a desahogar toda la presión de los cuatro días tormentosos sin descanso... Toda la gente estaba con muchas ganas y medio colocada, era divertidísimo ir a los bares y encontrarte con ese personal patoso que no estaba acostumbrado a tirar cañas y ver como llenaban los vasos de espuma, los cubatas con hielo a rebosar y con tanta ginebra, que teníamos que pedir vasos más grandes para poder añadir hasta tres tónicas para que se pudiera beber... La gente estaba alborotada, la música se paraba, volvía a arrancar y saltaban canciones que te hacían reír o salir corriendo del bar; el ambiente era singular, veía como se echaban cosas en los vasos, veía como todo iba a más, ya no hacia falta ir al baño a esnifar... sobre el mostrador, pasabas una servilleta y allí volcabas aquellas papelinas que tanto me costó doblar... Los novatos se empezaron a cansar y apagando las luces empujaban a los propios dueños de los bares a la calle... Aún quedaba otro plan, ir de chamizos... Esas cocheras que se acondicionaban con palets, cartones, colchones y tinajas de vino cocido..... Picaderos en toda regla de los jóvenes del pueblo... Nunca vi tanto vicio desatado, Manolo estaba siendo comido a besos por la moceta rubia que servia el comedor; Jull me ponía rayas de dos en dos, Chuchi estaba embelesado con la cabeza entre las dos tetas de su novia; la música no dejaba de sonar, era imposible poder hablar, me dejaba llevar, mis sentidos estaban amplificados, mi equilibrio algo disminuido; se me acercó la hermana de Chuchi, con gestos pude adivinar que quería tabaco, se le veía que estaba entre rabiosa y colocada, miré a mi alrededor y ¡ya está!, Jull estaba metiendo mano a una chica del pueblo de al lado, que gustosa le correspondía, yo fruncí el ceño y mire a Chuchi que le daba igual lo que estaba pasando, estire mi mano hasta la cintura de su hermana y haciendo un poco de fuerza la acerqué hasta mi, me quedé mirándola rozando nuestros pechos, sin soltarle la cintura y esperando a que ella respondiera, presionó lentamente su pecho voluminoso y dejándome llevar le encaje mis labios en su boca, nos gusto, ya que no nos soltamos hasta que Jull, la cojió de la mano, me dio una bolsa con disimulo y se marcharon..... Me quedé con una sensación extraña, le di la vuelta a la bolsita, hice unas seis lineas paralelas, le hice señas a Manolo que seguía por allí, Chuchi también se percato de la jugada y se arrimo con su novia, y la que se había calentado con Jull vino directa a mi, cojió mi mano para ponerla entre sus piernas y metió uno de sus dedos entre sus labios... ¡puf!, dejarse llevar suena demasiado bien.... Me llevó hasta una furgoneta que estaba entre unos árboles aparcada en las afueras del pueblo y allí vi amanecer.....




Fui como un autómata hasta el hostal, no quise despertar a Manolo, ya que por debajo de su colcha se asomaban tres pies.... Me duché y baje a la cocina, solo pude tomar un café; encendí las máquinas, puse a asar los pollos; atendí al frutero que traía el pedido de la verdura, le comente que era la última semana de la temporada para nosotros, que tendría que hablar con Jull para seguir vendiendo. Antes de que bajara nadie, apareció la chica de la furgoneta por la puerta de atrás... Llevaba gafas de sol, dos coletas y un vestido amarillo y verde corto; confesó que querría volver a verme y me preguntó por mi nombre, de donde era y en que teléfono podía localizarme; yo estaba un poco sorprendido, porque la chica era un verdadero bombón, y lo de la noche anterior pensé que era un calentón... Le dije que estaría aún por el pueblo unos días, que no solía salir del hostal sino era de noche, pero que el merendero donde tenia la furgoneta aparcada me pareció de lo más tranquilo y agradable, para descansar por la tarde, me dijo que estaría allí hacia las cinco; le pregunté su nombre a la que me dio la espalda antes de salir, y girando su cabeza susurró Trinidad... Bajó mi amiguísimo, se comunicó con monosílabos, dejamos todo listo para el menú que dejamos de dar en fiestas, teníamos una crema de gazpacho, con picatostes de ajo; pasta con salsa americana y frutos del mar; ensalada de bacalao y garbanzos con vinagreta de pimientos asados; pollo asado con su jugo ligado y patatas asadas al gratén; poupietas de fletan con salsa verde y zanahorias; chuletas de pierna de cordero a la parrilla con patatas fritas y los postres de siempre: flan, helado, fruta en almíbar y tarta al güisqui. Fue un servicio tranquilo, no hablamos mucho, Manolo echando miraditas y risitas con la moceta de la sala; yo con escalofríos entre las piernas y pensando si ir al merendero; no estaba preparado para conocer a otra persona, con la que pudiera hacer algo más que viajar, conversar y reír. Soy persona que sin saberlo se vuelve dependiente, aunque esa es mi lucha, la independencia. Llegó el día de marchar, recogimos las cámaras frigoríficas, ordenamos los congeladores y subimos a por las maletas a la habitación, allí estaba Jull contando dinero, mientras hacia dos montones nos explicó lo contento que estaba de nuestro trabajo, nos confesó que para la temporada que viene le habían ofrecido además del hotel el camping junto al pantano, que buscaríamos a mas personal y nos encargásemos de las dos cocinas; no pintaba mal, pero tanto vicio era peligroso pensé; cogimos los fajos de billetes, nos despedimos contestándole que lo pensaríamos y fuimos a por el coche, allí estaba Martita, la moceta de la sala, esperando a Manolo, y un poco más allí una furgoneta con una chica de coletas, con un vestido corto; Manolo y yo nos miramos, aun nos quedaban diez días para continuar con los estudios de hostelería, nos guiñamos un ojo y sin pensarlo, me acerque a Trinidad, le di un beso y llamamos a Manolo, cogió a Martita de la mano, subimos todos a la furgoneta y pusimos rumbo a las montañas a perdernos; porque dejarse llevar suena demasiado bien.

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