lunes, 30 de junio de 2014

HISTORIA DE UNA BOINA




Fue por allí por el 2003.... Embarcado en un proyecto de vida, remando con energía en ese mar, más bien océano de hostelería; pasaban los días en la cocina, con el buen hacer, el sacrificio, la constancia y el amor, mucho amor. Eran tiempos donde se estaban respirando cambios, más que cambios eran adaptaciones, rectificaciones a unas formas de vida, falsas, donde el préstamo era una salida. Los negocios ya no eran como los de antes, donde el movimiento de mercancías y la contratación de personal ya estaban legislados, de tal forma que había cosas insostenibles... Impuestos, inspecciones, recortes y aires de austeridad; el restaurante es un lujo, la alta cocina un privilegio, difícil de rentabilizar. Caminante era una filosofía, donde la excelencia era un objetivo y así es como se forjo una leyenda....








Después de mucho trabajar para que fuera un lugar donde los sentidos fueran los protagonistas, los números se iban volviendo cada vez más negativos; la capacidad de trabajo era abundante y las ideas caras para realizar, aun así, se buscaron soluciones para reinventarse. Había que darle al negocio un protagonista que atrajera la curiosidad del público en general y acercarlos hasta un moderno y organizado restaurante, la ubicación del establecimiento era complicada, ya que el uso de un transporte era primordial; se realizaban servicios a domicilio, se organizaban acciones paralelas a la gastronomía, se ilustraba en cursos a todos aquellos que les mordía la curiosidad de lo que se cocía dentro de una cocina y allí nació el cocinero, que como emblema vestía una boina blanca diseñada por Teresa (la madre), el cocinero riojano, comprometido con los recursos de una región, su cultura y sus gentes. Empezó a andar entre las páginas de diarios, revistas y platós de televisión, se involucro en asociaciones para la divulgación de la gastronomía riojana, hizo de juez en numerosos concursos gastronómicos populares de la región y fuera de ella, colaboró con empresarios de alimentación, agricultores, bodegueros y ganaderos para fomentar el consumo de productos de calidad; se sensibilizó con asociaciones para que las problemáticas de unos pocos se resolvieran, haciendo de estos pocos, todo; actuó fuera y dentro de su región para divulgar la cultura del vino como diversión, el hermano mayor de la alimentación. Redacto artículos para libros y persiguió el descubrimiento de la base de la cocina riojana, indagando en la historia de una humanidad que está escrita por ilustres. Fue invitado a emisoras de radio para dar opinión. Viajó y conoció más cosas de las que imaginó. Proclamó algún discípulo enroscándoles la boina blanca en sus cráneos, con la única condición de expresarse y trabajar con pasión.





El barco se hundió, pero Caminante no se ahogo, siguió como Antonio Machado, abriendo caminos y no mirando atrás; los senderos de la vida recorren y guardan historias que no se encuentran si las buscas; ellas te llaman. La boina está guardada como una reliquia, está esperando porque quien se la tiene que poner no es el que fue; ha crecido y ha conseguido resolver muchas preguntas, la excelencia es para todos los públicos, la calidad es sencillez, lo original es lo de cada uno y ha conseguido descubrir los secretos de lo auténtico, buceando en lo más hondo del ser o no ser. Esta es la historia de una boina, que bestia en la cabeza de un pensador que en cualquier momento volverá a cocinar, porque en su vida no cabe otra necesidad.





Hoy en día Txebiko solicitó hacer una copia de la reliquia, muy buena por cierto, es el emblema de una colaboración y una amistad, y lo utiliza como se utilizó, para transmitir la pasión por la buena gastronomía, en el corazón de Logroño en el restaurante Cachetero continua una filosofía, que en su día comenzó y en adelante no acabará, mientras haya personas que le den importancia al sentir con amor... Continuará.




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